De
la antigua Lucus Augusti, capital de la provincia romana de Gallaecia,
ha heredado el actual Lugo grandes tesoros. Claro ejemplo de ello
es la Muralla Romana, declarada por la UNESCO Patrimonio de
la Humanidad, y que durante su historia ha condicionado la vida en
la ciudad. Se trata de un singular monumento que ciñe el casco
histórico de la ciudad, tratándose del único en su categoría
que conserva íntegro su perímetro, de 2.600 metros.
Pero
en la Muralla no se agota el interés de una ciudad histórica, que
en los últimos años ha recuperado una parte considerable de un casco
antiguo señorial y animado, con bonitas plazas como la de Santo
Domingo, donde se alza la estátua de un águila romana.
La Catedral es una de las joyas del Románico gallego y en su
Altar Mayor se expone el Santísimo de forma permanente, en virtud
de una prerrogativa vaticana medieval que distingue a muy pocos templos
de la cristiandad y que le ha dado a Lugo el título oficioso de "Ciudad
del Sacramento". En el Museo Provincial se pueden admirar
numerosos restos romanos hallados en las excavaciones en toda la provincia,
entre los que destacan los Torques de Burela y varios mosaicos
aparecidos en la ciudad. La Plaza Mayor está presidida por el Pazo
del Marqués de Ombreiro, sede del Ayuntamiento, y a partir de
ella se irradian una serie de callejuelas y plazuelas empedradas en
las que abundan alegres tabernas donde no faltará el buen vino y las
sustanciosas tapas.
Otro
de los grandes alicientes de Lugo es su entorno natural. Muy
pocas ciudades como ésta disponen de un paseo de unos 20 kilómetros
de longitud, acondicionado en un entorno completamente natural, en
las riberas de un río como el Miño. Este paseo comienza en
la misma ciudad, junto a un balneario construido sobre unas
antiguas termas romanas, de las que se conservan parte de los
vestuarios, y prosigue siguiendo el curso del río, en un tramo en
el que éste ofrece una gran variedad de paisajes. El curso alto del
Miño está propuesto para entrar a formar parte de la Reserva de
la Biosfera.
Durante todo el mes de octubre y especialmente en las fiestas de San
Froilán (del 4 al 12), todos los lucenses, muchos gallegos y cada
vez más visitantes foráneos tienen una cita obligada con el pulpo.
En esas fechas, a todo lo largo del bancal del Parque, se apostan
los pulpeiros, con enormes calderos de cobre donde se cuece
el cefalópodo, que se sirve aliñado con aceite crudo, pimentón y sal,
acompañado de cachelos (patatas cocidas) y regado con vino
tinto. Este acontecimiento es la expresión más popular de un culto
gastronómico que la ciudad practica con devoción desde tiempos inmemoriales.
Platos como el caldo, el cocido, los quesos y vinos del país y una
surtida repostería figuran en la carta de todos los mesones y restaurantes
de la ciudad y hacen bueno el dicho "...y para comer, Lugo".
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